lunes, 5 de diciembre de 2016

Verdades del totalitarismo - Morel Rodríguez Ávila

Siempre los regímenes totalitarios se han caracterizado por su desapego a la vergüenza. Poco menos que nada les importa lo que de ellos piense la opinión pública una vez entronizados en el poder. Al inicio de su historial de tropelías intentan guardar las apariencias y recurren flagrantemente a la mentira. Niegan todo lo malo culpando al adversario, a quien señalan como autor de los errores cometidos desde el gobierno, y disimulan su feroz manera de enfrentarlo aduciendo que cumplen la ley. La Constitución les sirve apenas cuando resulta conveniente a sus intereses, por eso no dudan en violentarla si se interpone en su carrera hacia el totalitarismo.

Es enfermiza la pasión que ponen en ese empeño y para dominarlo todo derriban la legalidad. La historia universal bien registra estas verdades. Basta citar a Hitler que lo cambió todo para lograr tener a Alemania a sus pies y media Europa dominada, con la horrorosa secuela de muerte y destrucción. Y al camarada Stalin que se erigió dueño de Rusia teniendo como pedestal más de doscientos millones de muertos. En ambos casos, diferencia apenas en lo ideológico, el modelo totalitarista fue idéntico pues se mantuvieron como dominadores sobre el crimen y la conculcación que hicieran de los derechos humanos. Este modo de gobernar ha tenido, además, un aliado que en cada circunstancia doblemente peligroso, y es la fuerza armada. Llamada a defender la soberanía, los intereses reales de la patria, termina por servir a quien domina y es la encargada, siempre, de llevar a cabo lo represivo para acallar la protesta, para anular el intento popular de reclamar derechos y libertades.

Marcos Pérez Jiménez aquí y Augusto Pinochet en Chile se distinguieron como dictadores por la saña empleada en perseguir, apresar, torturar y asesinar contrarios. Igualmente por haber sido grandes constructores de obras públicas y aplicados administradores, lo cual en nada y para nada los exculpa de las atrocidades cometidas, incluyendo la corrupción. Por esta clase de “atributos” algunos todavía intentan calificarlos como gobernantes exitosos. Es natural que así opinen quienes nunca han querido a la democracia y preferido la dictadura civil o militar, es decir el totalitarismo al fin y al cabo.

Pero en los tiempos últimos, donde por ejemplo, el comunismo pretende instalarse, los defensores del totalitarismo, aunque pocos, pero algunos quedan, a la hora de las cuentas claras no pueden, ni podrán nunca justificar sus debilitados razonamientos, ya que la realidad en cada caso es apabullante: hambre, miseria, inseguridad, inflación. El argumento del gendarme necesario tanto como el de la igualdad, que seguirá siendo utópica; aquello de todo para el pueblo y muerte al capitalismo, junto a la gastada consigna de que la revolución es la segunda independencia, no pasan de ser gritos destemplados de quienes, desesperados porque ofrecieron y no cumplieron, están desnudos frente a la masa que ya les reclama airada el gigantesco fraude contra ella cometido. No otro ha sido el final del totalitarismo, en cualquier parte del mundo. 



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