jueves, 4 de agosto de 2016

En Venezuela nada es mas vergonzoso que portar un uniforme militar



El nombramiento de un nuevo general como ministro del Interior, Justicia y Paz, en sustitución de otro general, evidencia, otra vez, la entrega de Nicolás Maduro y los militares venezolanos al invasor cubano, su terror ante la ciudadanía libre y la posibilidad de la activación del referendo revocatorio, y la demostración de que el PSUV no es un partido político venezolano, sino una delegación colonial del partido comunista cubano.
El ministerio del Interior representa por excelencia el despacho de los políticos. Durante el período democrático, la designación del jefe de esa cartera recaía en un dirigente fundamental del partido gobernante. Una figura con larga experiencia en el manejo de los asuntos internos del país y con amplias relaciones con los partidos y los factores de poder de la provincia. Así como el Canciller se ocupaba de las relaciones internacionales, el ministro del Interior  debía atender los asuntos domésticos: relaciones con los otros ministros, gobernadores, alcaldes, CTV, Fedecamaras. Era la mano derecha del Presidente de  la República para atenuar o evitar conflictos interiores que pudiesen alterar el orden.
El ministro del Interior era un operador político. Era visto, en numerosas oportunidades, como el segundo hombre de abordo, sitial que compartía con el Presidente del Congreso. Su designación mostraba una señal inequívoca de que formaba parte de los eventuales candidatos a la Presidencia de la República: Gonzalo Barrios, Carlos Andrés Pérez, Pepi Montes de Oca, Octavio Lepage, fueron algunos de los políticos, posteriormente precandidatos, candidatos y hasta presidentes, que ocuparon esa cartera.
Esta tradición fue fracturada por el el gobierno cubano a través de sus representantes colonialistas del chavismo madurismo. Los ministros del Interior, Justicia y Paz, pomposo y largo nombre colocado por los cubanos, pasaron a ser generales colaboracionistas activos. ¿Qué tienen que ver los oficiales de alta graduación con las relaciones interiores del país -siempre tan complejas, sobre todo en un Estado que se supone federal-, con la justicia y, particularmente, con la paz? ¿No se supone que los militares están formados y entrenados para la guerra con un ENEMIGO EXTRANJERO y para DEFENDER a sus connacionales mediante la disuasión que induce el fusil?
Los uniformados no están programados ni instruidos para persuadir y construir amplios acuerdos nacionales, como  corresponde al ministro del Interior, los militares activos no son aptos para moverse en el sutil e intrincado mundo de la política. La posesión legítima de las armas propiedad de la República y los principios de obediencia, verticalidad y disciplina que orientan su formación, los inhabilitaba para el ejercicio de la política activa. Los habilitaba, si, para defender el país de invasiones armadas extranjeras. Si por el contrario usan esas armas para someter a su propia nación, a sus vecinos y a su familia, se convierten en la antítesis de un militar. Peor aún, si hacen esto para arrastrar a la nación a los pies de extranjeros, ya pierden hasta la condición de militar. Son nada.
La nación no les pidió a los militares que fueran neutrales en el plano teórico, ni asépticos en la esfera ideológica. Su compromiso tenía que ser con la Constitución, la defensa de la libertad, el resguardo de la integridad territorial y la soberanía nacional. El respeto a estos valores esenciales de la civilización determinaba que debían estar apartados de la política concreta. Una de las grandes conquistas de la civilización consistió en la clara separación de la institución castrense de la política militante. Ese deslinde categórico poseía la misma importancia que la diferenciación del Estado y la Iglesia, y de esta con respecto a la educación. La demarcación de esas fronteras constituían conquistas de la humanidad. En el largo camino hacia la diferencia de roles, aún cuando los mandos castrenses debían atender los criterios políticos diseñados por civiles, el mundo militar venezolano mantenía, como en las naciones democráticas más estables y equitativas, su propia e inalienable esfera de actuación.
Desde la llegada de Chávez a Miraflores, el caudillo instrumentó una estrategia dirigida a entregar mediante las fuerzas armadas el Estado y la política a los cubanos. Esta línea ha sido profundizada por su ignorante heredero. Su miedo atávico lo lleva a creer que colocándose bajo la custodia de la bota militar cubana evitará la realización del revocatorio y podrá navegar hasta 2018 e, incluso, garantizar que él, o uno de su banda criminal, preservará el poder más allá de la fecha en la que tienen que realizarse las elecciones presidenciales. Esa línea ha pervertido la misión de las Fuerzas Armadas y degradado a sus integrantes hasta colocarlos en un plano poco mas que subalterno, asqueroso. Los verde oliva son políticos sin historia y sin credenciales, sin nación y sin bandera, son antisociales que condujeron a Venezuela  al retraso continuo y deliberado hasta llevarla a la prehistoria de la humanidad.
En la dimensión política, los militares se degradaron. Cuba y sus colaboracionista coloniales los sacó de donde el país los necesitaba y valoraba, y los colocó en el lugar en que la nación los desprecia, lástima que los dejaron hacerlo a plena conciencia, con lo cual perdieron hasta la posibilidad de que el país algún día pudiera exculparlos. Así, en la Venezuela de hoy nada es mas vergonzoso que portar un uniforme militar. 

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