martes, 18 de octubre de 2016

TRANSPORTISTAS - José Orlando Ceballos Pérez

No podemos trabajar, 20 bolívares por una tarjeta es pura pérdida”, se lee en las ventanas de una unidad de transporte público perteneciente a la Línea Unión que cubre la ruta Mérida – Ejido.

Luego del golpe militar contra el presidente Salvador Allende el año 1973, -gobierno de la Unidad Popular-, se decía que su éxito se debió al paro general de transporte aunado al carácter longitudinal del país, que no facilitaba el flujo de bienes de sur a norte y viceversa. 

Parece que la izquierda socialista, comunista y hamponil aprendió la lección. Se propuso como política fundamental neutralizar el sector transporte una vez tomado o llegado al poder en cualquier país donde tuvieran posibilidades. Venezuela no estaba en la lista, sin embargo el oportunismo de las élites e ignorancia total del valor de la democracia en las masas de intelectuales, académicos, gremios, instituciones privadas y el populacho les entrego en bandeja de platino el poder. 

Como ya tenían acordado y planificado, lo primero que hizo Hugo Chávez y su pandilla comunista fue tomar el sector transporte, liquidarlo como gremio.

Casualidades o ironías, un señor de origen chileno presidía la Federación de Transporte y se le rindió a sus botas, su extendida lengua les daba brillo.

Claro, los transportistas poseen materia prima ideal para los macabros propósitos de los nuevos amos del poder: poca o nula preparación intelectual, espiritual, moral, alto sentido del oportunismo, irrespeto hacia sí y a los pasajeros, -no es casualidad que entre ellos no se llaman por los nombres de pila, suelen tratarse por el remoquete: “majarete, siete cueros, sobaco e´ tigre, teletube, doble piso….”- escaso sentido de responsabilidad ante el país cuando en sus manos descansa la movilidad de personas, bienes, servicios. Eran fáciles de penetrar, himen frágil.

Se engolosinaron con autobuses, sedanes para taxis, motos, tubitos de acero para sus viviendas, a cancelar en cómodas cuotas, en algunos casos olvidadizas. Mientras se comportaban como pollos de granja cuando al granjero llena el comedero, no levantaron sus picos para ver como su benefactor liquidaba la propiedad privada, robaba empresas y modificaba vilmente normativas legales fundamentales para su actividad. No vieron cuando los venezolanos angustiados se pararon el año 2002 y 2014 ante los desafueros de sus mandones, estaban totalmente “shaquiros”. No se dieron cuenta que el mártir de la libertad de estos tiempos, Franklin Brito entregaba su alma al Señor en desesperados intentos por llamar la atención a todos del cercenamiento de las libertades que los pillos benefactores estaban llevando a cabo, ni siquiera dieron signos de existencia cuando “el gran hermano”, mandó a violar a la honorable jueza María Lourdes Afiuni. 

Se olvidaron de los pasajeros, su razón de ser y existir, llegaron a creer que solo vivían del gobierno, no les importó. Se burlan en la cara de los demandantes de sus servicios al desaparecer las tarifas vigentes de sus unidades, se creen “guapos y apoyados, sin sopesar que con estas acciones delictivas atizan el fuego del odio, resentimiento y rabia, callan ante la brutal híper inflación y escasez, consecuencia de los desmanes de sus amos, se comportan como verdaderos socios, cómplices.

Los tiempos cambian y todo se devuelve, hoy no cuentan con cauchos, repuestos ni unidades nuevas, padecen los rigores de la inseguridad. La sociedad no los ve con respeto ni consideración, entre otras razones porque jamás se solidarizaron con la causa de la libertad y la democracia cuando esta clamaba por ellas.

Para muchos venezolanos, transportistas y militares son la misma plaga.

No hay duda que las aspiraciones de un mejor esquema tarifario es justo y necesario, pero como todo bien o servicio para el consumidor, si este no es sentido, querido, apreciado no tiene valor y por tanto poco o ningún precio, es lo que sucede con el servicio de transporte. 

¡Que diferencia con lo que sienten los venezolanos por Empresas Polar y sus productos!

El sector Transporte debe ser rescatado de su miseria total, pero son ellos los que tienen la responsabilidad fundamental, puede haber múltiples propuestas y soluciones sin embargo, la columna vertebral de cualquier mejora parte del hecho de que el transporte se debe a los consumidores –usuarios, clientes-, en consecuencia por ellos y para ellos es el servicio que prestan. Volverlos a encantar es su norte inmediato, de manera que no tengan que lustrar botas con la lengua ni verse en la “necesidad” de rayar las ventanas de sus unidades con mensajes carentes de respeto a la ciudadanía, contentivos de retrechería e irresponsabilidad. Su producto debe ser eficiente, de calidad, apreciado, querido, amado, admirado y promocionado. 

José O. Ceballos P.
16-10-2016.

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